PRIMERO LOVE YOU · El hijo del mañana
Capítulo 3 · El Código
Lunes · 18:30 h · Calle La Unión
Me apoyé en la barandilla y dejé que el aire frío me golpeara la cara. El aislamiento del piso se me echaba encima como un bloque de hormigón. Tenía que hablar con alguien; no podía guardarme esto a solas. Marqué el número de mi madre. Vivía en Pedregalejo, en aquel piso con vistas al mar.
—¿Christian? ¿Todo bien, hijo?
—Hola, mamá… No, la verdad es que no. Ha pasado algo muy raro hoy. Fui al García Lorca tras un aviso del centro. Un niño de segundo de primaria… dice que soy su padre. Me abrazó, me llamó papá y conocía mi apodo, CC. Me enseñó un dibujo donde salgo yo y, en el reverso, la dirección de la calle Peregrino, 28.
Al otro lado, la línea quedó en suspenso. Mi madre soltó una risa nerviosa, apagada al instante.
—Dios mío… ¿Y qué te dijo exactamente?
—«Sabía que vendrías, papá» —susurró—. Y luego: «Todavía no ha pasado». Esa frase me ha dejado helado.
Tardó un segundo en responder. Su voz sonó más baja, como si buscara algo en la memoria.
—Tu padre siempre decía eso ante cualquier problema: «Todavía no ha pasado». —Hizo una pausa—. Decía que, mientras no hubiera ocurrido del todo, todavía podíamos cambiar el final.
Cerré los ojos con fuerza mientras el aire se me atascaba en la garganta. Nadie conocía aquello fuera de la familia.
—Dijo llamarse como yo —añadí—. Y llevaba la camiseta de la selección; la de 2010, como la que papá me regaló.
Mi madre soltó un suspiro tembloroso al otro lado de la línea.
—Esa camiseta… tu padre la guardaba como un amuleto. No fui capaz de tirarla. La metí en una de las cajas de tu piso nuevo; debería estar allí. Christian, si ese niño existe y sabe esas cosas… —Hizo una pausa larga, cargada de miedo—. Me da escalofríos pensar que tu padre esté intentando decirnos algo desde donde quiera que esté.
Colgué con las manos temblorosas. Noa me miraba desde el suelo, quieta. Tenía el dibujo del niño en el bolsillo, la voz de mi madre todavía en el oído y la certeza de que algo había arrancado esa mañana que ya no tenía marcha atrás.
Me quedé con el teléfono en la mano sin saber cuánto tiempo pasó. Mi padre no estaba desde 2010. Años en los que había aprendido a no buscarlo en los objetos, en las voces ni en los gestos propios que lo imitaban sin querer. Y ahora un crío de ocho años lo traía de vuelta con cuatro palabras. Me levanté del sofá despacio, con el peso de quien ha recibido un golpe que no duele todavía, pero que sabe que dolerá.
Fui al dormitorio y abrí el armario. Al fondo se acumulaban las cajas sin abrir. La encontré tras apartar dos cajas de zapatillas y una bolsa de ropa de invierno abandonada allí desde la mudanza. Cartón marrón con la cinta americana reseca. Mi madre había escrito encima con rotulador negro: «Cosas de papá para Christian». La letra era suya, pero la tinta tenía el color de algo que ya no volvería.
Tardé más de lo razonable en abrirla. Al hacerlo, el olor a naftalina inundó la habitación, mezclado con algo más: madera vieja, cuero y el rastro fantasma de su colonia. Dentro había una fotografía de los dos en el pabellón de Ciudad Jardín; él con la bufanda del Unicaja, yo con siete años y cara de no creerme lo que estaba pasando. Lo recuerdo con una claridad que duele: el Unicaja ganaba la serie 2-1. Si metían ese triple, eran campeones de liga por primera vez en su historia y ante su gente. Con 77-79 abajo y el tiempo muriéndose, Mike Ansley decidió jugarse aquel triple frontal en lugar de buscar la prórroga. El balón tocó el aro, pero no quiso entrar. El Barça se llevó el partido y aquella liga del 95.
Junto a la foto, encontré el mechero Zippo grabado con sus iniciales y, debajo de todo, el verdadero tesoro: la camiseta de la selección española. La saqué con cuidado; una reliquia. Estaba descolorida, pero intacta. Al desplegarla, un papel doblado y amarillento cayó al suelo. Lo recogí con los dedos temblando:
Para mi Christianito. El futuro es una posibilidad. Recuerda: todavía no ha pasado.
—Papá —susurré.
Me senté en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y la camiseta apretada contra el pecho. El dibujo del niño en el bolsillo; la nota de mi padre en mi mano. Un puente a través del tiempo que todavía no me atrevía a cruzar.
Me quedé allí un rato. Quieto. La fotografía entre los dedos, la nota en la otra mano. Mi padre sonreía en la foto con esa anchura de quien todavía no sabe cuánto tiempo le queda. Yo recordaba ese momento: su mano en mi hombro, pesada y cálida, diciéndome algo que no llegué a escuchar por el ruido. Siempre había sido así: llegaba tarde a las cosas importantes. A las palabras de mi padre. A los últimos meses con mi ex. Y quizás, me dije, a algo que llevaba años esperando a que le prestara atención.
El móvil vibró sobre la moqueta.
Silvia Tutora · En línea
20:14
Hola, Christian. El niño se ha quedado mucho más tranquilo después de verte. Me ha preguntado si vas a venir mañana. Dice que «papá tiene que terminar de leer la nota». No sé a qué se refiere.
20:15
Si necesitas hablar o desahogarte, sigo disponible. Me he quedado pensando mucho en vosotros.
Miré la nota de mi padre otra vez. «Terminar de leer la nota». Le di la vuelta al papel. El reverso parecía estar en blanco. Guardé el móvil sin contestar. Todavía no. La frase del niño resonaba con un peso diferente, más grave.
Doblé la nota con cuidado y la metí junto al dibujo del niño en el bolsillo interior de la Biker. Apoyé la fotografía en la mesilla, mirando hacia arriba. No era capaz de meterla de vuelta en la caja. Nada era casualidad. Nada tenía explicación. Y, sin embargo, ahí estaba: la camiseta sobre mis rodillas, la letra enérgica en el papel y el nombre de un hijo imposible parpadeando en los mensajes de la tutora.
Cogí a Noa y la subí conmigo al sofá. Sus ojos negros me devolvían una comprensión muda. Mañana volvería al colegio. No por curiosidad, sino por la certeza de que ese niño conocía secretos imposibles. Y yo no podía mirar hacia otro lado.
Me quedé mirando el reverso en blanco durante un tiempo que no supe medir. A la luz ámbar de la lámpara, la piel de mi antebrazo brillaba con un tono azulado tenue, casi imperceptible, como tinta bajo la superficie. No era una quemadura. No era un sarpullido. Era el tatuaje que me había hecho años atrás —un trazo abstracto que siempre me había parecido solo eso, un trazo— latiendo vivo. Vivo. Recordando algo que yo había olvidado.
El tiempo dejaba de ser una línea recta.