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PRIMERO LOVE YOU · El hijo del mañana

Capítulo 4 · El Pulso del Pasado

Lunes · 20:57 h · Calle La Unión

El tatuaje seguía picándome. Decidí llamar a Annette, mi tatuadora de Ikigaink Experience; la misma encargada de grabarlo en 2010. Contestó rápido, con esa voz que no había cambiado en quince años.

—¡Hombre, Christian! Cuánto tiempo.

Le dije que necesitaba verla urgente, a pesar de las horas —eran casi las nueve de la noche—. Fui al grano: mi tatuaje parecía tener vida. El silencio al otro lado duró dos segundos justos.

—Ven al estudio ahora mismo. No te entretengas. Aquí te espero.

Colgué y busqué el número de Álex. Mi colega. Mi hermano. Parte de la Guardia. El único capaz de entenderme sin preámbulos ni explicaciones.

—Alexander, escucha: el brazo izquierdo brilla azul y Annette me espera. ¿Me acompañas?

—Voy para allá —respondió sin dudar.

Me puse la chupa despacio, bajé la manga sobre el tatuaje pulsante y salí a la calle. Decidí ir andando; necesitaba el aire de Málaga para despejar la cabeza. La noche se había instalado con esa suavidad traicionera del sur: fresca pero no cruel, con el olor a salitre flotando entre las fachadas en una de esas noches preciosas que esta ciudad te regala antes de morderte.

Crucé el puente sobre el Guadalmedina, seguí por el Palmeral de las Sorpresas del Muelle 2 y caminé hacia la Malagueta con el paso mecánico de quien camina para no pensar.

Lunes · 21:45 h · La Malagueta

Al llegar a Ikigaink Experience, el corazón me golpeó las costillas. El neón violeta proyectaba destellos sobre la acera mojada. Empujé la puerta. El aroma a tinta, desinfectante y el rastro de un perfume reconocido antes de ver a quién pertenecía me envolvió de golpe.

Annette no necesitaba que el espacio le diese la bienvenida; ella lo decidía. De pie bajo el neón, con un mechón oscuro y rizado cayéndole sobre el hombro con voluntad de no obedecer ningún orden, levantó los ojos. Eran grises claros, casi de agua; una mirada imposible de catalogar como bonita: llegaba primero como un desequilibrio y luego como una certeza. Sabía lo que ibas a decir antes de que tu boca lo decidiera.

Su forma de detenerse no era calma, sino su contrario: la concentración de quien lleva tiempo esperando que el mundo confirme algo ya sabido. Al escuchar la puerta, no sonrió. Me miró. El resto de la sala dejó de importar. Había soltado la máquina y las gafas para sortear el mostrador. Se lanzó a mis brazos con la fuerza de quien regresa de un naufragio.

—Ven aquí, cuñao —dijo, abrazándome con fuerza de recolocar huesos—. Siempre serás mi cuñao aunque no estés con mi hermana. Sabía que hoy pasaría algo. La aguja se ha atascado hace una hora; la máquina parece estar en huelga. El aire se ha puesto denso. Lo he notado.

Pero junto a la camilla, con unos bocetos entre las manos y la espalda hacia la puerta, estaba ella.

Iris.

No me vio entrar. Con Annette nunca se sabe cuándo algo es casualidad y cuándo es justo lo que parece.

Ocho meses sin hablar. Sin atreverme a cruzar la línea dibujada por mí mismo. Estaba preciosa. Metro setenta y ocho de elegancia natural. Cabello rubio atrapando la luz ámbar. Vaqueros oscuros. Camisa entallada. Y esa mirada azul que durante dieciséis años fue hogar... y sentencia. Al verme, se quedó petrificada. Sus ojos me recorrieron despacio, sin permiso, deteniéndose un segundo de más en mi cara.

—Christian —dijo, y mi nombre en su boca sonó a herida abierta y a vendaje a la vez—. Sigues igual teniendo esa presencia perturbadora... y las mismas rarezas. ¿Qué te ha pasado en el brazo?

—Iris —logré responder con voz oxidada—. Tú sigues teniendo el mismo efecto que un trago de whisky sin hielo: me quema, pero no puedo dejar de beber.

La tatuadora miró a su hermana pequeña con expresión de quien ya sabe el final.

—Sigues igual —sentenció—. Más roto, pero igual de letal. —Desvió la mirada hacia la rubia—. Y tú sigues loca, hermanita.

—No empieces —advirtió ella, cruzándose de brazos.

La puerta volvió a abrirse. Álex entró con su energía de quien llega cuando hace falta. Sus 1,90 de altura, los ojos negros y esa perilla recortada llenaron el espacio de golpe. Cuando sus ojos se encontraron con los de la artista —su ex, la mujer que lo conocía demasiado bien—, se creó una estática insoportable. Me abrazó como abrazan los colegas de verdad y saludó a ambas hermanas.

El ambiente estaba tan cargado que se podría haber cortado con un cuchillo de carnicero.

—Mírame esto —dije, descubriendo el antebrazo.

—Hostia... —murmuró—. No debería estar reaccionando así.

Annette me cogió el brazo con firmeza, inclinándolo para ver el reflejo azul.

—Ponte aquí —ordenó, señalando la camilla—. Cierra la puerta. No quiero curiosos.

Encendió una lámpara de luz fría y acercó la cara tanto que noté su aliento.

—El diseño es el mismo —susurró—. El que hizo tu padre.

El olor a tinta y metal me golpeó con una memoria inesperada. Recordé una tarde en el despacho de mi padre. Yo tendría veintiuno o veintidós años. Él soldaba escuchando a Triana, concentrado en construir algo que no debía existir todavía.

—Hay cosas que no se explican antes de tiempo —dijo sin mirarme—. Se activan cuando toca.

El punto de soldadura chisporroteó. El humo subió fino hacia el flexo.

—Si algún día ves que algo despierta... recuerda esto, Chris. El origen siempre manda.

Aquello me resultó otra de sus frases crípticas. Ahora ya no estaba tan seguro.

—Pero el pigmento... ha despertado —continuó Annette.

—¿Despertado de qué? —pregunté—. A mí nadie me dio instrucciones.

Siguió el trazo azul con la yema de los dedos, sin tocarlo.

—Esto está impreso en tu carne con la tinta especial que me trajo tu padre. Estaba obsesionado. Decía que la biología era el futuro del almacenamiento de datos. «Nada más seguro que un cuerpo», repetía.

Iris dio un paso adelante.

—¿Y por qué no nos contaste nada? —soltó—. Nos dijiste que era una tinta cara.

La tatuadora apretó los labios.

—Porque no sabía si funcionaría. Y porque prometí no decir nada hasta que ocurriera algo. —Señaló mi brazo—. Ya ha ocurrido. Está reaccionando a algo.

—Perfecto —soltó Iris con un suspiro cargado de ironía.

La hermana mayor la miró con paciencia y cansancio cariñoso.

—No es un juego, sister. Esto estaba diseñado para permanecer dormido. Para despertarse bajo ciertas condiciones. No sé cuáles; no me las dijo.

Se levantó y buscó entre la estantería hasta dar con un objeto pequeño y plateado. Cilíndrico. Del tamaño de un rotulador fino. Tenía dos capuchones de seguridad, uno a cada extremo, sellados con un precinto rojo que parecía una advertencia de peligro biológico.

—Toma —dijo Annette, extendiendo la mano—. Si el tatuaje cambia a blanco... quitas el capuchón y lo apoyas en el antebrazo. Solo tienes que presionar. El mecanismo de disparo lo hace solo.

Era una pluma de autoinyección, fría y técnica. La giré entre mis dedos, sintiendo el peso del metal. En la pequeña ventana transparente, el émbolo dividía el contenido con una precisión que daba escalofríos.

—¿Qué es esto? —pregunté, sin apartar la vista del dispositivo.

—El catalizador —respondió ella con una frialdad que no le conocía—. Es un inyector de doble carga. Hay dos dosis, Christian. No más.

Iris palideció, mirando el inyector como si fuera la llave de mi propia tumba.

—¿Te has vuelto tarada, hermana? —le soltó a Annette.

El aire se tensó.

—A mí no me gusta tampoco —admitió—, pero tu padre fue claro: si el pigmento se volvía blanco y no te lo ponías, el proceso quedaría a medias. Y eso era mucho peor.

—¿Qué proceso? —insistí—. Necesito una frase ajena a profecías egipcias.

Annette suspiró, apartó el flequillo y se apoyó en el taburete.

—Mira, no sé qué va a pasar. Lo que sí sé es que tu tatuaje se ha activado. —Se inclinó hacia mí—. Ten cuidado.

Me abrazó de nuevo, esta vez con más calma, apoyando la frente en mi hombro.

—Fíjate en sueños, en recuerdos raros, en cualquier cosa ajena a la normalidad. Sabía que volverías, Chris. El destino es caprichoso con vosotros.

—Con nosotros cuatro —corrigió Iris.

Annette le lanzó una mirada de hermana mayor cansada.

—Y contigo siempre, drama queen.

Álex me puso la mano en el hombro con solidez.

—Te llevo yo, CC —dijo, sacando las llaves.

—Mejor te llevo yo —decidió Iris con una calma que no admitía réplica.

Álex soltó una carcajada corta y negó con la cabeza.

—Sois unos liantes los dos —murmuró.

Se giró hacia su ex. Una de esas pausas que dicen más que los discursos.

—¿Nos tomamos algo?

—Otro día, hoy no puedo —respondió ella—. Pero me ha alegrado verte.

Salimos bajo la luz azul del neón. El BMW X3 blanco de Iris esperaba fuera. Me subí al coche. El trayecto fue una cápsula sellada. Iris conducía con manos firmes; yo miraba el inyector notando cómo el tatuaje se apagaba despacio, como una brasa sin aire.

—¿Vas a hacerlo? —preguntó al fin—. Si se pone blanco, digo.

—Ya veremos si ocurre. No pienso meterme nada raro por deporte.

—Siempre fuiste un loco metódico —sonrió apenas—. Capaz de lanzarte de un puente, pero con casco.

—Y tú eras la que me empujaba.

Se detuvo ante el portal. Apagó la radio y el silencio nos cayó encima como una losa. Se metió en los pulmones, recordándome que ya no tenía ninguna excusa a la que agarrarme. Iris mantenía la vista fija en el volante, con esa tensión en la mandíbula de cuando decidía si algo merecía el coste.

—Ocho meses —dijo sin girarse.

—Ocho meses —repetí.

—Podría haber escrito. Podría haber llamado. No lo hice.

—Yo tampoco.

Ahora sí me miró. Ojos azules en la penumbra, los mismos que me vieron a los veintidós años brindar creyendo que el futuro era una autopista sin peajes.

—¿Estás bien, Christian? De verdad.

—No lo sé —dije. Fue mi respuesta más honesta.

Bajó la cabeza despacio. Soltó el volante. Se desabrochó el cinturón y me rodeó con los brazos. Un abrazo largo, de los que no tienen prisa, con la cara enterrada en mi cuello y las manos apretadas en mi espalda. Lo sostuve sin pensar.

—Sabes que te quiero más de lo que crees —dijo al oído.

Se separó despacio. Tuve ganas de besarla; las noté subir con claridad y me las tragué.

—Cuídate, CC.

Arrancó el motor. Los faros se perdieron entre los edificios mientras yo seguía allí, clavado en la acera. Arriba, los ladridos de Noa daban una bienvenida que no distingue entre horas buenas y malas. El apartamento me recibió con lo de siempre: pedidos sin revisar y vitrinas de sneakers indiferentes. Cayó una birra artesanal, bien fría, de un trago, mientras la vista se me iba al cilindro plateado sobre la encimera. Parecía un proyectil esperando ser disparado.

Acabé en el sofá, todavía con la chaqueta puesta y Noa reclamando su sitio sobre mis pies. El techo se convirtió en una pantalla donde se cruzaban Iris, Silvia y el niño que conocía lo prohibido.

El tatuaje estaba apagado. Pero la vibración seguía ahí, latente, bajo la piel.

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