PRIMERO LOVE YOU · El hijo del mañana
Capítulo 6 · En una hora
Martes · 12:30 h · GOfit Huelin
Fui al GOfit Huelin. Me cambié en los vestuarios: guardé mi ropa y me puse el bañador y una camiseta de fútbol. Nadar era mi meditación. Encadené largos hasta que José Ángel, el monitor, apareció en el borde de la piscina.
—Vaya, Chris. Hoy vienes con ganas de ahogar las penas. Menuda camiseta, ¿es la de Alemania del 74?
—Me gusta lo que tiene historia. Estas tienen alma.
—Pues guárdame una de las buenas —señaló su tatuaje del Barça—. Este 2026 los culés mandamos.
—Apunta lo que te digo —respondí mientras salía del agua, chorreando sobre las baldosas—. Este verano, la segunda estrella para la Selección. Lo presiento.
—Ya sé que tú siempre has sido más de la selección que de los clubes, pero ojalá tengas razón esta vez.
No respondí. No hacía falta. Me alejé hacia las duchas dejando un rastro de agua tras de mí. En mi cabeza ya no sonaba el silbato del entrenamiento, sino el eco de la pausa de Silvia y la voz de Iris esperando. Tenía que llamarla. Explicar algo desconocido todavía. Y hacerlo antes de que pasado y futuro terminaran de declararse la guerra en mi propia vida.
Me vestí despacio. Cuarenta minutos de brazadas no resuelven nada, pero ordenan el ruido. Era suficiente por ahora.
Saqué el móvil. La llamada perdida de Iris parpadeaba en la pantalla. Toqué el icono y contestó al segundo tono. Sin drama. Sin reproche. Viniendo de ella, resultaba más difícil de soportar que un grito.
—Hola —dijo, sin más.
—Necesito verte. Hoy, si puedes.
—¿Estás bien? —Hubo una pausa corta.
—No lo sé. Hay cosas que contarte. Cosas increíbles que necesito decirte.
—¿Dónde?
—El café de la esquina de Juan XXIII. Sobre las cuatro.
—A las cuatro.
Colgó antes de que pudiera añadir nada. No hacía escenas; nunca las había hecho. Aun así, algo seguía intacto entre nosotros.
Martes · 16:00 h · Avenida Juan XXIII
El café de la esquina tenía esa luz de tarde malagueña que entra sesgada por los ventanales y lo deja todo color miel. Iris ya estaba dentro cuando llegué, sentada en la mesa del rincón —nuestra mesa, aunque ninguno lo dijéramos—, con un café con leche entre las manos y su porte de siempre: espalda recta, melena rubia libre sobre los hombros y esa mirada azul siguiéndome desde que crucé la puerta. Sin apartar los ojos. Sin fingir indiferencia.
El camarero me dejó un café irlandés antes incluso de sentarme. Nos conocía lo suficiente.
—Tienes mala cara —dijo ella, sin preámbulos—. Pero diferente a la de antes. No es cansancio. Es otra cosa.
—Llevo dos días viviendo en otro mundo. No sé por dónde empezar.
—Empieza por el principio —apoyó los codos en la mesa—. Y no te saltes nada.
No omití ningún detalle. Relaté todo en orden: la llamada del lunes del García Lorca, el niño de ojos verdes llamándome papá con una certeza impropia de sus ocho años, el dibujo de la cazadora de cuero y la dirección de la calle Peregrino, 28, escrita por una mano incapaz de conocerla. Hablé de la caja en el dormitorio, la camiseta de la Selección, la nota de mi padre oculta en el tejido y el tatuaje ardiendo en el antebrazo, aguardando el despertar desde hacía años.
Iris escuchaba sin interrumpir, con los ojos fijos en los míos, sin retirarse del relato aunque este se volviera inverosímil. Era su mayor virtud: esa capacidad de contener, de no desbordarse antes de tiempo. Al llegar a los flashbacks —mis padres en el instituto en septiembre del 86, el bar Santa, el carrito de 1989 bajo los acordes de Tennessee—, bajó la mirada al café apenas un instante.
—¿Y los viste de verdad? ¿No fue un sueño?
—Silvia los vio también —respondí.
Algo cambió en su respiración. Fue casi imperceptible, pero llevaba dieciséis años aprendiendo a leerla y ese milímetro de pausa lo decía todo.
—¿Quién es Silvia?
—La tutora del niño. La mujer que me llamó el lunes.
Iris no respondió de inmediato.
—¿Y qué tiene que ver ella en esto?
—El tatuaje reacciona con ella y con el niño cerca. Los tres formamos parte del mismo circuito. Cuando ambos están presentes, el tatuaje brilla y el tiempo se abre. No fue una alucinación. Fue real.
Ella se quedó callada, encajando las piezas. En la radio del café empezó a sonar Sabina: Ruido. Una canción sobre el exceso de palabras, sobre finales que llegan cuando ya no queda nada que salvar. El ambiente se llenó de esa sensación incómoda: todo lo importante estaba dicho y, aun así, ninguno se atrevía a levantarse.
—¿Estás enamorado de ella? —preguntó.
Lo hizo sin acusación. Su valentía era una marea quieta que siempre me había desarmado.
—La he visto dos veces en mi vida —respondí.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Miré el café sin tocarlo. Algo en el antebrazo se removió, inquieto, despertado por la conversación. Iba a decir que no. La respuesta llegó automática, ensayada. Pero al escucharla en mi cabeza, supe que era falsa. Tampoco hallé la versión honesta.
—No lo sé. Y eso me aterra. No debería ser posible; la he visto dos veces. Pero cerca de ella hay algo inexplicable. El tatuaje brilla con más intensidad. Ella forma parte de algo puesto en marcha por mi padre hace décadas.
—¿Y yo? —preguntó, con voz más quieta todavía.
—A ti te quiero —dije. Y era verdad—. Y eso es diferente. No menor. Diferente. Llevamos dieciséis años construyendo algo resistente a ocho meses de distancia. Pero lo de Silvia no es elección ni búsqueda. Me ha caído encima. Como el niño. Como el tatuaje. No sé explicarlo mejor.
Alargó la mano sobre la mesa y la posó sobre la mía. Fue un gesto antiguo, difícil de nombrar: el de alguien que te conoce demasiado bien para mentirte, y demasiado bien para herirte sin necesidad.
—Christian. Lo que cuentas de tus padres, el «Primero Love You»… no es casualidad. Tampoco que esa mujer aparezca ahora. —Hizo una pausa—. Llevas años ignorando mensajes del universo. Conmigo lo hiciste. Con tu padre también. Y mira dónde estamos.
—¿Qué me estás diciendo?
—Te digo que no pediré elecciones ahora mismo. Pero quiero que seas honesto contigo mismo antes de serlo con nadie más. ¿Puedes hacerlo?
—Puedo intentarlo.
Se levantó y recogió el bolso con ese gesto felino, dueño del espacio. Ya en la puerta, se giró apenas un instante y me dedicó aquella media sonrisa indescifrable. Me dio un abrazo largo. De los de comprobación, no de consuelo. Necesitaba asegurarse de que seguía allí.
—CC… Primero Love You.
Lo dijo sin teatralidad. Una verdad sin adornos. Se separó apenas un centímetro.
—Tu padre tenía razón en eso. En que las cosas que importan llegan cuando toca, no cuando uno las busca.
Salió del café sin mirar atrás. Me quedé frente a la taza, intacto. El móvil vibró sobre la mesa antes incluso de procesar su ausencia. Era un mensaje.
Silvia tutora · 17:43
Christian. El niño preguntó algo hoy difícil de interpretar. Me miró y dijo: «Dile a papá que la nota todavía no está entera». ¿Sabes qué significa?
Silvia tutora · 17:44
Llevo toda la tarde dándole vueltas. Hay algo más. Esta mañana dijo muy bajito: «Ya falta menos». No sé menos de qué.
Miré la pantalla durante un tiempo indefinible. La nota de mi padre, amarillenta y doblada, seguía en el bolsillo de la chupa. El futuro es una posibilidad. Recuerda: todavía no ha pasado. Le había dado la vuelta veinte veces. Siempre en blanco.
¿Falta menos para qué?
Dejé el teléfono boca abajo, como quien deposita algo frágil. El café estaba frío. Dejé un billete, me puse la chupa y salí a la tarde de Málaga sin responder.
El tatuaje pulsó una vez, sin urgencia, y quedó quieto bajo la piel.